Ella tiene un déjà vu

Ganador del Primer Premio en el Concurso de Minicuento "Antonio Mora Vélez" - Universidad de Córdoba, 2008

Por Víctor Menco Haeckermann

Es la primera vez que me acompaña al puente de madera que da hacia el malecón. La llevo de la mano, con impaciencia, como si también fuera mi primera visita a aquel lugar. El crujido de una tabla bajo nuestros pies anuncia el principio del puente y el final del silencio. Nos sentamos, y ahora es su voz lo único que se escucha:

–Acabo de tener un déjà vu. Podría jurar que ya he vivido este instante contigo.
–Ese es un fenómeno que ha sido explicado recientemente por la ciencia –le digo–. El efecto se produce por el retraso momentáneo de las funciones cerebrales, cuando la mente inconsciente percibe el entorno antes que la mente consciente. Es sólo la ilusión de haber vivido algo.
–Eso también –dice ella–. Eso también me lo habías dicho antes, en este mismo momento.


Fuente: Rubén Darío Otálvaro (Compilador), Antología del Cuento Corto del Caribe Colombiano. Fondo Editorial Universidad de Córdoba, Montería, 2008, pág. 93

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Una mirada al interior de un poema

Un adelanto del Festival de Poesía Alternativa
(La Guajira, 2009)


Por Victor Menco Haeckermann


Un lector deja un poema a medias
y, al interior de éste,
una cascada queda suspendida

sobre el ático de un castillo,
ni muerta ni dando muerte.

Pasa la página
y un niño no termina de confesar sus pecados,
recién aprendidos en la clase de Religión.
Un payaso no entiende lo que le ha sucedido:
Nadie se ríe de su chiste inconcluso.

Luego, el lector cierra el libro
y cierra unos labios destinados a recibir un beso,
detiene el amor creciente de una dama menguante
que desde ahora ama en silencio.

Finalmente, el libro es echado a la hoguera
y la cascada se consume como gasolina,
y una gota que resbala
enciende el sombrero del castillo.
Hasta la palabra "fuego",
extraviada en una de tantas páginas,
arde en llamas.
Allí, en la hoguera,
el niño suda de fiebre; el payaso, de angustia.
Y los labios de la dama se resecan y le duelen,
y ella no sabe por qué.



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Entrevista con el escritor Nahum Montt

El estudiante, el profesor, el novelista y el "mentiroso"

Por Víctor Menco Haeckermann*


En esta época de ferias literarias, uno de los sujetos más solicitados es el escritor Nahum Montt (Barrancabermeja, 1967), autor de la biografía de Cervantes Versado en desdichas y de las novelas Midnight dreams, El Eskimal y la Mariposa (Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2004) y Lara, su publicación más reciente. Desde el año pasado, para estos mismos días, le seguimos la pista en diversos escenarios del País con el fin de dar una visión mucho más completa del autor. En unos, habló de su oficio; en otros, aconsejó a los escritores jóvenes; pero en todos manifestó su preocupación por ficcionalizar la problemática social de Colombia. Particularmente, en la Universidad Distrital Francisco José Caldas, disertó junto a la escritora y profesora Alejandra Jaramillo sobre Literatura Urbana. Allí, ante el estudiantado, comentó pormenores de su carrera, desde cuando salió de su ciudad natal, y tuvo que irse a la capital colombiana a estudiar Literatura, en la Universidad Nacional, hace ya varios años, para después ser profesor universitario, y escribir ficción en silencio, tratando en lo posible de no figurar como ‘escritor’.
–Cuando yo entré a estudiar Literatura en la Universidad Nacional –contó Montt–, era el segundo semestre que se abría. Llevábamos adelante únicamente un semestre, y no sabían qué iban a hacer con nosotros. La primera generación entró en julio, y yo entré en enero con la segunda. Y los profesores estaban encartados con nosotros. Y pasó que lo primero que nos dicen, después de que nos reúnen y todo, es: “Acá no se forman escritores. Si ustedes escriben y vienen acá… –negó con la cabeza– están en el lugar equivocado”. Y yo: “¡Miércoles, la cagué! Tantos años esforzándome para entrar a esto”. Y en parte tienen razón, pero en parte no la tienen. Pues nadie lo va hacer a uno escritor. Y lo bacano es que uno no tiene amo ni patrón. Tú lo haces, tú verás cómo lo haces. Allá tú. Pero uno tampoco esperaría que la Academia le ponga zancadillas, que homogenice tu forma de escribir, la estandarice de acuerdo a unos modelos que ya previamente ha convalidado y que tú tienes que asumir. Y tal vez desde allí uno comienza a padecerlo, desde la misma escritura. Y es cierto: ninguna universidad gradúa escritores, por mucho que me den la Maestría en Escritura Creativa. Incluso ya las universidades tomaron distancia, porque al comienzo daban un título horrible, el título de ‘Literato’. Entonces nosotros nos decíamos: “¡No, más literato será usted!”. Y es una ofensa también porque literatos eran los duros: Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña. Uno no es literato porque le den un cartón… Después tomaron más distancia, y ahora le llaman ‘Profesional en Estudios Literarios’. Ya ahí se curaron de la variedad que tenían al comienzo.

Ahora que Nahum Monnt ha obtenido cierto reconocimiento con la publicación de varios libros, dice asimilar un poco más que lo llamen ‘escritor’. Y no para posar ante las cámaras sino para aportarle algo de su experiencia a las nuevas generaciones. Según él, las cosas han cambiado con los años, ya que el escritor de la Colombia de hoy cuenta con más alternativas:
–Es que hasta los 80 y comienzos de los 90 –afirmó Montt–, quien escogía “el camino de las letras” –dijo dibujando en el aire unas comillas con los dedos– tenía que cumplir una condena de 5 años de Derecho forzado, si escribía narrativa, o 5 años de Antropología o Sociología forzada, si escribía poesía. Hasta el 90. Yo creo que allí es cuando se empieza a ver un detalle muy importante en el País, y es que empiezan a aparecer las carreras de Literatura, y a fortalecerse las Facultades de Comunicación Social. Entonces ya la Academia de cierta forma abre sus brazos a estos marginales y las legitima al menos socialmente. De allá para acá no es tan vergonzoso decir que uno estudia Literatura. Porque lo primero que le decían era: “¡Uish!, ¿y usted entonces de qué va a vivir?” Por eso, durante mucho tiempo siempre preferí llamarme y que me presentaran como profesor de Literatura. Se me hacía mucho más digno, que escritor, pues allí había algo impúdico u obsceno detrás. Decir que uno era escritor era como reconocer que uno era un vago profesional, o un ocioso, o un mueble más de la casa… Todo ha cambiado desde entonces. Al menos hoy se tienen más recursos para aquella persona que quiere escribir: Están las Facultades, la educación formal, está punteando la Maestría en Escritura Creativa con un rigor muy grande, pero también van acompañándolo los talleres que nos permiten brindar unos espacios desde la educación no formal donde se socializan las inquietudes de la gente que está escribiendo.

Esas mismas condiciones que él destaca, hicieron que se programara una visita a Cartagena, a propósito de su novela Lara, que recrea facetas hasta ahora desconocidas del antagonista de Pablo Escobar: el otrora ministro Rodrigo Lara Bonilla; desconocidas inclusive por su propia familia. Junto a El Eskimal y la Mariposa –que tiene como punto de partida el asesinato del candidato presidencial del M-19 Carlos Pizarro– conforman un díptico donde la una parece el reflejo en el espejo de la otra; pues, en sus propias palabras, El Eskimal y la Mariposa se narra un crimen desde la “orilla de los asesinos”, y Lara desde “la orilla de las víctimas”. Una vez acordamos la cita, al rededor de las 9 de la noche, en una esquina del Centro Histórico de la ciudad, dimos paso a otro tipo de reflexiones que arrojaran luces sobre su novelística, que la crítica sitúa dentro del género Negro.
–Entiendo que en su caso, su incursión en este género no es tanto producto del estudio concienzudo. ¿Qué lecturas lo condujeron a él?
–La verdad es que fue más el resultado de meterme con la realidad y la historia de este país. Yo siento que de manera natural uno termina construyendo relatos propios de la Novela Negra, porque la realidad del país es propia de este género. De niño siempre leía novelas de vaqueros, los trillers norteamericanos y demás, y tenía la predisposición, pero siento que lo que finalmente termina definiendo mis textos como Novela Negra es que ha habido una toma de posición como escritor de empezar a narrar este país por sus hechos, sus eventos, sus acontecimientos históricos. Y cuando uno lo narra a través de la literatura, casi de manera natural cae en el género Negro.
En algún momento ha temido que los espacios reales aludidos en estas novelas disminuyeran su significación frente a un lector no familiarizado con ellos?
–Interesante la pregunta. Los relatos se construyen con la intencionalidad de ser autónomos e independientes en sí mismos de esa realidad a la cual se refieren, de esa historia de la cual se nutren. Es probable que sí, y eso es lo bello de la literatura, que admite distintas lecturas. Un lector no familiarizado con este contexto va a leer un relato tal vez de aventura donde siempre hay un final desdichado. Lo curioso es que detrás de ese final desdichado y ese relato de aventuras hay unos hechos que ocurrieron y que están ocurriendo ahora en el país. Pero eso le queda más bien al lector. La función del autor es proponer y tratar de escribir un relato que ante todo sea verosímil, que sea convincente y que atrape al lector para que pueda disfrutarlo.
–Además de esos referentes, a algunos lectores jóvenes les puede resultar un poco ajeno el marco de la novela por estar basada en hechos del pasado –acá aproximamos más a la Novela Histórica–. ¿Cómo hace para conciliar con lectores de edades tan dispares?
–Fíjate que yo siento que escribo para los jóvenes. Siento que los jóvenes son extranjeros del pasado de este país, y viven en este país como si fuera un eterno presente. La novela no puede caer en la trampa justificar o intentar explicarles a los jóvenes lo que pasó. No. Simplemente muestra unos eventos, y si el joven está interesado en saber más, es éste quien tiene que investigar y rastrear. La novela es sólo un punto de partida para avanzar… Más que en novelas históricas, yo pensaría en novelas policíacas, donde generalmente ocurre un evento, se investiga y al final hay un desenlace fatal.
–¿Usted compartiría la apreciación de que en sus novelas la ciudad marca a los personajes?
–Por supuesto, porque yo no concibo un personaje in vitro, metido en una especie de tubo de ensayo. Y siento que la ciudad es un recurso expresivo que tiene el escritor para darle una dimensión humana a esos personajes. “Somos en el mundo”, decía Ortega y Gasset. Y ese mundo nos sirve para iluminar los estados de ánimo del personaje, sus preocupaciones estéticas, sus obsesiones, su condición humana. Es un medio que uno utiliza en la narrativa para mostrar al personaje como es. Te doy un ejemplo sencillo: “Pepito Pérez estaba muy triste”. Eso es muy fácil de decir desde la oralidad y la cotidianidad. Pero si tu dices: “Pepito Pérez el día que salió a recorrer las calles se encontró una ciudad muy fría y lluviosa, que le calaba los huesos, que le llevaba a recordar aquella época en que empezada a…”. ¿Entonces, si ves? El espacio, la ciudad, en ese momento se vuelve un detonador que ilumina la condición humana del personaje.

–En entrevistas anteriores, refiriéndose a la novela Lara, usted ha dicho que algunos de estos personajes de la vida pública nacional eran, de por sí, novelescos. ¿Cuándo sabe uno que un personaje de la vida real tiene ese potencial?
–Esa es la gran capacidad que debe tener un escritor. La capacidad de observación más allá de esos días que transcurren con eventos aparentemente insignificantes. Todos tenemos en potencia cualidades novelescas, pero depende de la capacidad de observación del escritor encontrarlas y poderlas representar a través de la literatura –dicho esto, Nahum Montt giró a su derecha y observó a un policía de tránsito haciendo guardia–. Personaje novelesco puede ser un vigilante que sostiene una valla en medio de la noche, en una calle del Centro Histórico de Cartagena. Que es portador de muchas historias. Que tiene familia, tiene hijos, tal vez tenga amante o novia. Y que a pesar de estar cumpliendo simplemente una labor allí, es un personaje digno de ser llevado a la literatura. No hay nadie que no lo sea, y, en esa medida, siento que los escritores estamos allí para tratar de ver lo que otros no ven, e intentar contarlo lo mejor posible. Esa es la función social de un escritor.
–En el conversatorio de la Universidad Distrital, la escritora y profesora Alejandra Jaramillo dijo que prefería arriesgar su estómago escribiendo sobre estos temas considerados “de violencia”, a tener que volver a vivir esa historia del País. ¿Siente que a usted le pasa lo mismo?
–Por supuesto, y es una toma de posición conciente, deliberada. Yo no me veo escribiendo sobre un intelectual que tiene problemas para comprar el cornflakes o el cereal del desayuno, en Barcelona, sintiendo un vacío existencial. Eso funciona por allá en Europa, para esa gente que vive en esas realidades tan aburridas. Yo siento la enorme necesidad de contar la historia de este país a partir y a través del asombro. Aquí ocurren cosas que no ocurren en otro lugar del mundo. Y me siento feliz de arriesgar ese estómago, como diría la profe Jaramillo.
–Otra cosa que le he escuchado decir es que a un escritor nunca hay que creerle. ¿Entonces en qué términos queda esta entrevista?
–(Risas) Lo que pasa es que el escritor es un mentiroso profesional, que se sirve de la ficción para contar la verdad. Esa es la gran paradoja. Entonces al escritor hay que aprenderlo a descifrar, hay que aprender a descubrir en sus mentiras dónde se halla escondida esa verdad.

Esta es la apuesta literaria de Nahum Montt, quien en la actualidad escribe una obra de teatro ambientada en su ciudad: Tomar hechos de la historia reciente para escribir relatos ficticios que terminen comunicando una idea muy próxima a la realidad histórica y actual; o como resume la frase célebre de John Ford, incluida como epígrafe en la tercera novela del barranqueño: “Es todo inventado, pero todo es verdad”.
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*Finalizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad de Cartagena. Ha sido colaborador de las revistas Fractales (Universidad Javeriana), Hojablanca (Bogotá Capital Mundial del Libro 2007), Unicarta (Universidad de Cartagena) y Agenda Cultural (Universidad Tecnológica de Bolívar), entre otras.

Fuente: Dominical, diario El Universal.

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Los primeros buenos días de “Guillermino”

Entrevista con Gloria Nancy Monsalve, directora y guionista de la película “Los últimos malos días de Guillermino”

Por Víctor Menco Haeckermann


La cinta colombiana “Los últimos malos días de Guillermino”, que estará próximamente en cines, se estrenó en Cartagena, en plenos “malos días” para el país, como aludió públicamente uno de los actores de las películas premiadas el día de la clausura del 48º Festival de Cine de Cartagena. Mientras afuera, la clase dirigente de algunos países latinoamericanos, amparada por los Medios, se debatía entre si habría guerra o no, en el Teatro Heredia (escenario del Festival) la cosa era totalmente distinta. Para esta proyección –la segunda luego de haberse exhibido días atrás en el Museo Naval– hubo una asistencia cuantiosa si se tiene en cuenta que se trata de una muestra de “cine colombiano”, al que tanto el público como la intelectualidad nacional le ha perdido la fe por la desproporción que existe entre calidad y cantidad. En total, unas 200 personas ingresaron esa noche al Teatro para quedar inmediatamente conectadas con la magia y el humor que se desprendieron de sus protagonistas: un grupo de niños que encabezados por Guillermino, que, con 8 años de edad, nos permite revivir y reconsiderar pasajes de una historia que habita al interior de cada uno de nosotros, donde el miedo parece convertirse en la otra cara de la esperanza. A través de sus travesuras, nos lleva a situaciones límite que comienzan con una mentira tan pequeña como él: la de decirle al tendero que la mamá lo ha mandado a fiarle una gaseosa, cuando en realidad lo que ha pasado es que ha perdido el dinero jugando canicas. Por supuesto que él piensa pagar la deuda, pero para ello recurre a mentiras mucho más grandes que le permitan cubrir su falta, y, entre otras cosas, poder conseguir un trabajo remunerado.

Es el primer largometraje de Gloria Nancy Monsalve, realizadora risaraldense egresada del Programa de Comunicación de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín). Entre sus logros está el de haber trabajado de la mano con el director Víctor Gaviria, en la afamada película “La vendedora de rosas”, sobre la cual realizó un documental titulado “Los niños de Gaviria”. Luego, realizó su primer cortometraje argumental denominado "Alhambra". Premiada en dos ocasiones en el Festival de Cine de Bogotá (1999 y 2000), Monsalve ha sido invitada al Out Fest de Hollywood, y, aprovechando su presencia en el Festicine de Cartagena, hemos tenido la oportunidad de dialogar con ella.

–¿No ha pensado en hacer un documental sobre esta película que se ha promocionado como la primera película realizada en Pereira en cien años? Ya es historia patria.
No lo había pensado. Podría ser una propuesta bien interesante para alguien que trabaje el género. Lo que sucede es que yo, por esta época, me estoy dedicando fervorosamente a la ficción.
–¿Cómo nace esta película?
La verdad es que fueron mis abuelos, mis vecinos de infancia, mis hermanos, los libros de Tomás Carrasquilla, y en general el entorno en el que crecí, los que me dieron las pautas y la inspiración para crear esta historia.
–Le voy a hacer una pregunta que siempre se hace en estos casos: ¿Es una película que se puede catalogar también como “para niños”?
–Yo creo que es tan “para niños”, que hasta los que ya no lo son (porque se volvieron adultos), están invitados por la evocación a que se vean en la película.
–En el ‘detrás de cámaras’ hay una escena donde, después de escuchar el grito de “¡Acción!”, Guillermino pregunta: “¿En serio?”, y luego todo el equipo de filmación se ríe. Eso refleja un ambiente. ¿Cómo fue ese proceso de trabajar con niños?
–Mucho más relajado que el de trabajar con adultos.
–Sabemos que usted viene de la escuela de Víctor Gaviria. ¿Qué influencias cree haber recibido de él?
–Las de tener el temple y el carácter para medírmele a las cosas en las que creo profundamente.
–En apariencia, el casco urbano de la localidad en la que trascurre la historia está rodeada por lugares paradisíacos por los que transcurren ríos y se respira el aroma del eje cafetero. ¿Cómo trabajó con esos espacios? ¿Se hizo un montaje de locaciones distintas?
–Cada uno de los espacios en los que trabajamos fue soñado y escrito en un guión antes de ser encontrado y llevado a la realidad del plano cinematográfico. Me preguntan ustedes ¿cómo trabajé con esos espacios? Y yo les respondo: como si cada uno de esos espacios fuera un sueño hecho realidad.
Felizmente, no se hizo ningún montaje de locaciones distintas porque esa región lo tenía todo para contar esta historia.
–Si pudiera regresar el tiempo hasta antes de la filmación de “Guillermino” con la misma experiencia de ahora, ¿cómo sortearía las dificultades de hacer la película?
–Yo creo que cada situación y cada momento viene con sus propias dificultades y sus propias soluciones. Pero, para ser honesta, con lo que sé hoy, si pudiera devolver el tiempo a ese mismo lugar, en ese mismo momento, tomaría exactamente las mismas decisiones. Cada vez que veo a Guillermino, siento, de corazón, que no pude haberme equivocado, por tanto que viví, el modo como lo viví… con la gente que estuvo a mi lado.
–Para finalizar, ¿qué mensaje le deja “Guillermino” como espectadora?
–¡Qué difícil pregunta! Después de llevar ocho años concibiendo esta historia y viéndola cada tanto, es casi imposible tener ojos de espectadora. Lo único que les puedo decir es que mis “expectativas” fueron colmadas.

LOS ÚLTIMOS MALOS DÍAS DE GUILLERMINO


Comedia dramática, Colombia, 2008, 72 min.

Directora y Guionista: Gloria Nancy Monsalve.
Productor: Diego Hernando Restrepo.
Intérpretes: Cristian Osorio, Daniel Betancourt, Edgard Betancourt, Daniela Arciniegas.
Cinematografía: Rafael Puentes.
Cámara: Carlos Alberto Roa.
Dirección de Arte: Tulita Gómez.
Sonido: Andrés Sánchez Otálora.
Música: Fabián Molano.
Dirección de casting: Alonso Mejía.
Fuente: Dominical, diario El Universal.

Palomas nocturnas

Crónica del Parque Fernández de Madrid

Por Víctor Menco Haeckermann*


América te envidia, Europa altiva;
porque bajo tus pies se halla un abismo
de servidumbre, lágrimas y horrores,
y el feroz despotismo,
áspid mortal, se oculta entre las flores.

Fernández de Madrid

La vida sexual de las palomas es agitadísima. Por lo menos eso era lo que se observaba hasta hace poco tiempo en el Parque Fernández de Madrid. Si uno llegaba a eso del medio día y se sentaba en una de las bancas de madera, en el claroscuro que el sol y la sombra de los almendros dibujaban conjuntamente en el piso, se observaba a las palomas corretearse unas a otras (y levantar de paso el polvillo de la tierra), algunas de las cuales terminaban haciendo carreras tan fatigosas que por momentos irrumpían en el camino enlosado que atraviesa el parque, robándole la sonrisa a algún transeúnte.
El cortejo del palomo a la paloma incluía –además de dar vueltas en círculos– tener que sortear toda una serie de obstáculos entre los que se contaban los arbustos, las raíces de los almendros, las ramas desprendidas de las palmeras, las vallas que dividen los jardines del camino, los setos vivos, los puestos de ventas ambulantes, los pies de las personas que pasaran por allí o descansaran en esos momentos, y hasta la estatua del poeta y científico cartagenero José Fernández de Madrid (más conocido por su faceta de prócer independentista). Sólo cuando una paloma se sentía molesta, por el acoso de otra, decidía alzar un corto vuelo que le permitiera alcanzar una rama de los almendros (al parecer, en esas condiciones se dificultaba el acto). Pero, mientras tanto, la mayoría de las palomas prefería andar en el suelo, picoteando en busca de alimento.
Una paloma podía ir, por ejemplo, a quitarle a otra un grano de maíz de pico a pico, y terminar dándole un beso intenso, a partir del cual surgía el cortejo. Las más enérgicas erizaban sus plumas para aumentar su tamaño y elegancia. Con la llegada silente de la tarde, el sonido de las palomas se hacía más audible; pero en todo caso eran como conversaciones íntimas que sólo escuchaban los curiosos.
Varias personas solían dormir sentadas en las bancas del parque, mientras un perro callejero, negro y flaco, también se rendía a ese mismo sueño de los humanos, en otra de sus incomprensibles muestras de fidelidad. De súbito, uno que otro durmiente se despertaba herido por la luz del sol que se filtraba por entre aquellos almendros que parecían agujereados por fuerza de las lluvias de un invierno antiguo. Entonces, al igual que el hombre, el perro debía cambiar de lugar y alojarse en otra sombra. Y, en ese momento, las palomas advertían la presencia del canino, por lo que suspendían sus actividades para salir corriendo-volando lejos de su alcance.
El perro podía seguir moviéndose, una y otra vez, hasta que cayera la noche y las palomas desaparecieran y en su lugar sólo se vieran chicas cuya edad oscilaba entre los 16 y 18 años, pero que a simple vista podían pasar como universitarias, a no ser porque una mirada más aguda revelara que no llevaban morrales ni mochilas, sino maquillajes y ropas que les hacían aumentar los años y los senos.
Acompañadas también por aves de toda clase, estas palomas nocturnas revoloteaban por el parque a la espera de algo, algo que mi inexperta mirada no me permitió distinguir la primera vez que la noche me sorprendió en ese lugar y una de ellas se me acercó buscando lo que pensé era una buena conversación, y que luego comprendí de un latigazo hilvanado a unas cuantas palabras susurradas al oído:
–¿Y a dónde me quieres llevar?
Los clientes, casi todos extranjeros (turistas europeos y norteamericanos), por lo general daban una vuelta alrededor del parque, conseguían con un jíbaro algo de coca o marihuana, y terminaban llevándose a estas chicas a los moteles cercanos. Lo más seguro es que desde siempre ellas supusieran que debían salir de allí, puesto que los rumores de que inversionistas extranjeros, incentivados por la industria del turismo, comprarían las ruinosas casas de los alrededores para remodelarlas, venían acompañados de un incremento del alumbrado público y una mayor atención de las autoridades locales.
No tuvo que transcurrir mucho tiempo para que la sospecha se hiciera realidad. Con el aumento de la inseguridad, las autoridades y los inversionistas comenzaron a establecer puestos de vigilancia en las puertas de los nuevos y lujosos restaurantes y hoteles, y acto seguido las esquinas del parque fueron custodiadas por agentes policiales.
No se supo ni cómo ni cuándo se hizo el desalojo, ni siquiera si efectivamente lo hubo, o si ellas, advirtiendo las pocas probabilidades de sobrevivir en esas condiciones, partieron en busca de otra sombra; sólo se supo que una noche el parque se quedó sin palomas.

*Finalizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad de Cartagena. Es uno de los ganadores de la convocatoria de crónica "Bogotá por Bogotá" (2007) del FPC de Bogotá.

Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, febrero 10 de 2008, Nº 1135, pág. 2.

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Ilusiones de barro

Crónica sobre los niños de una 'invasión' en Cartagena
Por Víctor Menco Haeckermann*


En esta crónica no hay canciones tristes, no hay violines de fondo que conmuevan los corazones de quienes la leen. De hecho, no hay fotografías de casas en ruinas que inspiren lástima. Porque, ¿para qué una más? ¿Para qué tomar la foto de una realidad que todos conocemos, si su impresión va a durar sólo el momento en que usted ojee estas páginas? Es cierto que una imagen dice más que mil palabras, pero a menudo no dice lo que tiene que decir. Mejor haga un poco de esfuerzo, usted, que lee esto, e imagínese que ha llegado a la frontera de la ciudad. ¿Sabe dónde se acaba Cartagena? Allí donde el pavimento se termina, donde está la última estación de Policía, por donde ningún vehículo pasa porque las calles parecen lagunas. Estamos, en definitiva, adentrándonos en Olaya Herrera, uno de los barrios más extensos de la Cuidad.
Hemos llegado una fría mañana de sábado para hacer el cubrimiento periodístico de la labor que en este barrio realiza una ONG internacional. En la sede de la entidad, un funcionario de la misma me presenta, y, sin perder más tiempo, emprendemos la marcha que nos llevará hasta lo más profundo del barrio, hasta la ciénaga. La calle por la que entramos está ligeramente inclinada, y las canaletas a lado y lado desplazan el agua lluvia que había estado cayendo hasta hace pocas horas: son dos líneas negras sobre las cuales se tienden pequeños puentes que les permiten a los habitantes salir de sus casas a la calle. Pero a medida que avanza, el camino se hace más intransitable. Las casas de concreto se acaban y surgen caseríos improvisados con latones y pedazos de madera. Las canaletas se hacen cada vez más anchas, se entrecruzan con el fango, el barro y las aguas estancadas. Incluso nos toca atravesar tramos en los que las canaletas se desbordan en mitad de la calle y forman un gran espejo de agua gris donde se mira el barrio. Entonces, como si se tratara de una prueba de equilibrio, hacemos todo lo posible por andar sobre las piedras que los moradores del sector han puesto en fila.
Cada uno de nosotros sigue los pasos de quien tiene al frente, con prontitud. Nadie puede hacer pausa; si alguno lo hace, detiene el paso de los que vienen detrás. Sin descuidar del todo las pisadas, levanto la cabeza, y en el horizonte aparece la ciénaga. Una vez nos aproximamos a la orilla, doblamos a la derecha entre trochas llenas de escombros hasta que arribamos al sector de Calle Nueva: como su nombre lo indica, una nueva población, una “invasión”. Está conformada por ‘desplazados’, la mayoría de los departamentos de Bolívar, Chocó, Córdoba (indígenas, sobre todo) y Antioquia; aunque también hay familias conformadas, por ejemplo, de un hombre cartagenero y una mujer ‘desplazada por la violencia’, quienes con la ilusión de formar un hogar terminaron aquí. También escucho hablar de un nuevo barrio al que le dicen “Somalia”, por el parecido con el país africano en cuanto a la desnutrición y el abandono.

El trabajo de la ONG consiste en hacer un estudio socioeconómico no dirigido, es decir, que no se plantee por anticipado cuáles son los problemas que tienen los habitantes de Olaya, sino que muestre su condición real. Y para esto se han diseñado unas encuestas que pueden durar hasta dos días por vivienda. Con todo, los problemas saltan a la vista. Rafael Salcedo, uno de los coordinadores del proyecto, me invita a detenernos en una esquina del barrio para charlar, pero allí nunca se está solo por completo:
–Buenos días –dice una señora que viene a nuestro encuentro.
–Buenos días –respondemos.
–¿Ustedes son los de la ONG?–nos pregunta la señora.
–Sí.
–Pero a mi casa no han ido –reclama con un tono muy amable.
–Por allá iremos –afirma el coordinador del proyecto–, no se preocupe.
La señora se marcha complacida y Rafael me comenta que, como he podio ver, los habitantes están ilusionados. Por primera vez sienten que el proyecto no viene ni de los políticos, ni del Gobierno, ni de los prestamistas, ni de nadie que quiera utilizarlos, y que les están dando la importancia que se merecen. Sus palabras me dicen lo mismo que observo: ojos asomados en las ventanas y puertas de las casas, esperando que alguien llegue a visitarlos.
–¿Ves ese poste que está allí? –me pregunta Rafael–. De él toman la luz, utilizando estos cables –y señala algunos de ellos sostenidos sobre cruces de madera–. Pero no se la roban. Hay un contador comunitario (un macro–medidor) que registra el consumo, y al final del mes reúnen el dinero entre todos para pagarla. Las cuotas van de 5.000 a 10.000 pesos por vivienda. Lo mismo pasa con el agua –Rafael me enseña unos tubos que sobresalen de la tierra–. Alcantarillado sí no hay.
El alcantarillado, me dice, son las canaletas y las pozas de agua estancada que se forman en los patios; aunque algunos prefrieren arrojar sus deposiciones a la ciénaga. El problema más grave surge cuando la ciénaga se desborda con la lluvia o con la marea alta y todo lo que han echado se regresa. El nivel del agua alcanza hasta 70 centímetros, suficiente para tapar a un niño.
Caminamos hasta las últimas viviendas que han construido en la playa de la ciénaga. Frente a una de ellas nos detenemos. Rafael saluda amablemente a su propietaria y me presenta ante ella. La señora, ‘desplazada por la violencia’ de Acandí (Chocó), nos invita a pasar y a sentarnos.
–Tranquila, puedo sentarme aquí –le digo al ver que hay unas sillas en el frente de su casa–. Acá también hace sombra y puedo tomar fresco.
–¡Ah! Disculpe, es que en estos momentos no tengo dinero para comprarle un refresco. Pero puedo hacerle un tinto.
–¡No! –­le digo en mi afán de corregir mi error–. Quise decir que prefiero aprovechar la brisa que está pegando y tomar el aire fresco.
Ella sonríe con una sonrisa tan inmensa como la ciénaga.
–Mi marido está en las playas de Bocagrande, vendiendo artesanías –le dice a Rafael, mientras prepara el tinto–. Él hace figuras en madera –dice, dirigiéndose a mí.
–Y se inspira viendo los animales de la ciénaga –apunta Rafael.
–Sí –dice ella–, hace peces, pájaros… ¡Mariamulatas! –agrega como si se acordara de repente–.
–¿Esos son patos, cierto? –le pregunto al escuchar el graznido que proviene de unos matorrales–.
–Sí. Pero los cangrejos son los que más me incomodan –me invita a que me asome al interior de la casa para que vea cómo caminan por la sala–. Yo los saco, y cuando vengo a ver se meten otra vez. A mí casi no me gusta que estén acá adentro –dice como si les suplicara, y regresa al fogón.
Mientras echa el azúcar al tinto, esta señora, que se lamenta de no haber podido ir al entierro de su madre en el pueblo, recuerda una anécdota graciosa: Una vez recogió de la ciénaga un tronco que pretendía utilizar para avivar las llamas del fogón. Pero al menor descuido que tuvo, su marido convirtió el tronco en un pájaro.
–Él es muy rápido –dice entre risas –, por eso tengo que estar pendiente.
Luego del tinto, nos despedimos, y yo sigo a Rafael y al resto del personal en su día de trabajo. Una visita tras otra. Problemas puntuales: Además de la mujer del artesano que cree que las piezas de su esposo se venderían más si tuviera un barniz que echarles, está una de las pocas chicas con título de bachiller en busca de empleo como auxiliar doméstica ahora que su pareja la ha abandonado dejándole dos hijos; una familia a la que le han subido la cuota de luz porque le descubrieron un televisor que tenía escondido, otra que necesita un préstamo para hacer crecer su microempresa de butifarras; una familia paisa que no ha podido hacer sus arepas porque no tiene molino; una “niña especial” a la que “las fundaciones le han negado ayuda por no ser “normal”; un niño a quien le han operado en varias ocasiones un lunar que le sangra cuando se estresa; otro pequeño al que los doctores le han diagnosticado una delicada enfermedad del corazón y le han prohibido llorar por temor a que empeore; un comedor comunitario para niños al lado de un canal de aguas residuales; la necesidad de buscar los escombros de las construcciones para rellenar las calles que día tras día se hunden por la proximidad de la ciénaga; una señora a la que una fundación le ha donado para su microempresa una lavadora que no puede usar porque cuando pone a secar las prendas en el patio se las roban; los niños que se quejan de un señor que se les acercó ofreciéndoles dinero a cambio de verlos desnudos, luchas entre pandillas, etc. Y la situación más grave: Muchas personas a las que la vida se les partió en dos, en un “aquí” lleno de necesidades y un “allá” al que no piensan volver.
–El Gobierno no invierte en este sector porque es zona de alto riesgo –prosigue Rafael–, pero ni siquiera contempla la posibilidad de proveerlos de casas desarmables, o algo por estilo.
Dicho esto, mi mente viaja hasta Holanda, país que ha adoptado las medidas de ubicar casas flotantes sobre el mar. Vuelvo a la realidad:
–¿Y acá hay colegios? ¿Centros de cultura, de recreación? –le pregunto a Rafael.
–Colegio lo que se dice colegio, no. Hay una fundación sin ánimo de lucro que se encarga de darles clases a los niños. Pero si preguntas por parques donde juegan los niños, es allí.
–¿Dónde?
–Allí.
Rafael me señala un tramo al fondo de la calle que está lleno de barro. Hay al menos unos 10 niños en cuclillas. Para no perturbarlos, nos aproximamos guardando silencio. Lo primero que distingo son palos de escoba, rotos. No quiero ser imprudente, así que, en lugar de preguntar tanto, prefiero suponer que los utilizan como ‘caballitos de palo’. Pero lo que más despierta mi interés son las figuras de barro que diseñan con sus manos. Uno de los niños hace volar un avión que él mismo ha hecho con una habilidad sorprendente. “¡Cuidado me pisas mi yate!”, le advierte a una amiguita suya que se esmera en hacer un comedor con cuatro sillas. Al acercarme más, logro ver que sobre la niña ha puesto sobre el comedor un frutero rebosante que sin querer se hace metáfora de un mundo soñado. Otros no son tan diestros haciendo las figuritas de barro, pero aún les queda la imaginación:
–¿Qué es eso?–le pregunta, incrédulo, un niño a otro.
–Es un celular.
–No parece.
–Si no te gusta, hazte el tuyo.
–Bueno, hago el mío –introduce las manitas en el barro, desprende un pedazo y luego lo amasa, como haciendo una arepa–. Vas a ver, me va a quedar mejor que el tuyo.
Apenas terminan alguna de sus creaciones, van corriendo a mostrárselas a sus padres.
El que ni siquiera puede jugar con barro es Andrés, un niño de apenas un año de edad, hijo de un matrimonio paisa que hace siete meses decidió venir a Cartagena en busca de mejores oportunidades. Y no puede andar en la calle porque su mamá no quiere que contraiga una enfermedad. Sólo las hermanas de Andrés, un tanto mayores que él, salen a jugar. A esta vivienda hemos llegado porque Isaac, el hermano de Rafael, está haciendo el estudio respectivo. La mamá de Andrés está con un ojo sobre nosotros y otro sobre su hijito. Como niño que es, toma cuanta cosa se encuentre. La inquietud del pequeño lo lleva a tomar un martillo que ella le quita de inmediato, pero él no se da por vencido y se lanza a tomar la agenda donde hago estos apuntes. Ella vuelve a llamarle la atención, y él deja la agenda sólo porque le parece más divertido patear una puerta. Entonces le pregunto a la mamá que si él no tiene un balón con el que pueda entretenerse. Ella me explica que comprar juguetes, al igual que conocer el mar, son un lujo que luego de casi un año en la ciudad no se han podido dar.
–El hambre no espera –es su sentencia.
La casa, muy similar a las demás, es de retazos de madera y láminas de cinc. En la puerta esta familia ha puesto pequeñas barricadas para evitar el ingreso de las corrientes de agua. Una parte de la sala tiene cemento, pero Isaac y yo estamos sentados en unos bancos de tablas con patas incrustadas en la tierra. Arriba, los agujeros de las láminas de cinc, poco a poco dejan de filtrar la luz del medio día, y en su lugar comienzan a colarse hilos de agua que caen directamente sobre nuestros hombros. Isaac propone seguir la encuesta de pie. La mamá de Andrés se excusa:
–Ustedes perdonen las goteras –dice un poco avergonzada–. Tampoco tengo más donde se puedan sentar, qué pena.
–No hay problema, ya estamos terminando –dice Isaac.
–¿Usted cómo se llama? –me pregunta una de las hermanas de Andrés.
–Víctor –le respondo–.
–¿Y en qué colegio estudia? –no puedo evitar sonreír, hace muchos años que no me preguntan eso.
–Ya yo terminé el colegio, ahora estudio en la Universidad de Cartagena –ella hace un gesto de no comprender lo que digo–. ¿Y usted en qué colegio estudia? –le pregunto utilizando sus mismas palabras.
–¡Yo quiero estudiar en el JAIVEL! –expresa abriendo los ojos lo más que puede.
Ante tal exclamación, Isaac le sugiere a la mamá que considere la posibilidad de presentar los documentos de las niñas en ese instituto educativo de Olaya para ver si las becan.
–¡Ya quiero que salga el arco iris! –prorrumpe la hermana menor, viendo el sereno desde la puerta.
–¡Yo también! –dice la otra, como conversando entre ellas.
–Tiene todos los colores.
–Rojo, verde –cuenta con los dedos la mayor–, amarillo, azul…
–¿Y por qué quieren que salga el arco iris? –les pregunto.
–Porque el arco iris tapa la lluvia –me explica la mayor, mientras hace sobre su cabeza un techo con sus manos–, y no quiero que siga lloviendo.
De repente, escuchamos un golpe fuerte y seco en el piso. Es Andrés, que intenta jugar con una piedra del tamaño de un balón. Al parecer venía cargándola desde el patio y se le ha caído, por fortuna, no sobre sus pies. Su hermana mayor recoge forzosamente la piedra y la arroja a la calle llena de escombros. Andrés la persigue, y llora. Llora porque no puede salir a la calle a recuperar la piedra. La mamá lo consuela, le explica que es por su bien, y le da un portarretrato.
La encuesta ha terminado, se nos ha ido el medio día, y el sereno cada vez se hace más débil. El tiempo propicio para salir ha llegado. Nos despedimos de la señora y sus hijos. Isaac va en busca del resto del personal y da la señal de que debemos emprender el viaje de regreso. Uno por uno, los encuestadores se nos van sumando. El grupo sabe lo difícil que es este trabajo. Por eso los miembros de la organización se dan ánimos y consejos entre sí, y hablan de la lluvia y de las anécdotas del día. Mientras caminamos, Rafael me comenta sobre otra de las estrategias que utilizan en el barrio para subsistir: Unos cultivos sembrados en materas colgantes. Según me dice, eso se los ha enseñado a hacer una institución educativa del Gobierno Nacional. Pero, al parecer, luego de brindarles el conocimiento, los han abandonado. Esta institución no los asesora para crear microempresas con proyección, no hace ningún esfuerzo por comprometer a grandes empresas de Cartagena (hoteles y restaurantes) para que les compren los cultivos; de suerte que la mayoría se retira de esas actividades y vuelve al oficio del ‘rebusque’ diario. Rafael es consciente de ello porque en un tiempo estuvo vinculado a esta institución y le ha tocado ver en varias partes de Colombia que la historia se repite.
–Eso no llevaba a ningún lado, así que me salí de allí. Tenía un buen sueldo como profesor, pero me cansé de jugar con las esperanzas de la gente– Rafael detiene su relato porque a esta hora los equipos de sonido de la zona (los famosos ‘picós’) comienzan a gritar canciones a nuestro paso.
Volvemos a poner a prueba nuestra destreza apoyando los pies en los tramos que todavía están secos, y, por momentos, siguiendo el camino que nos marca una hilera de piedras (¿alguien dijo que Cartagena era una ‘Ciudad de Piedra’?). Debemos apresurarnos. Sobre nuestras cabezas los truenos amenazan con más lluvia. En pocas horas el sector por donde transitamos quedará convertido en un estanque. Lo mejor que podría pasar es que en cielo aparezca el arco iris de una vez y para siempre. Pero, aún teniendo las ganas de mirar hacia arriba, ninguno se atreve a apartar su vista del camino por temor a dar un paso en falso que lo suma en el fango. La única posibilidad que nos queda es esperar ver el arco iris reflejado en los charcos que tratamos de saltar, a pesar de que allí no se distingan sus colores.


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*Colaborador de periódicos y revistas culturales. Finalizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad de Cartagena. Es uno de los ganadores de la convocatoria de crónica "Bogotá por Bogotá" (2007) del FPC de Bogotá.


Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, diciembre 23 de de 2007, Nº 1128, págs. 2-3.

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Bogotá reggae*

Una de las crónicas ganadoras de la convocatoria “Bogotá por Bogotá” (2007)

Este es uno de los encuentros maravillosos y etéreos con los que un lector puede tropezarse en sus búsquedas de libros y autores. Con la frescura que su edad y su descendencia caribe le permite, Víctor Menco Haeckermann nos ofrece una crónica hecha en la Bogotá fría e indiferente que todos conocemos, una visión serena de esos encuentros fugaces en medio de los paisajes urbanos y paralizantes que nos entrega la capital. Un asfalto con caminos que tal vez no lleguen a ninguna parte y que nos convierten siempre en transeúntes sin destino, en extranjeros. Johanna Rozo Encizo, Revista Red y Acción

Por Víctor Menco Haeckermann

Hace pocos días que estoy en la Capital y no conozco a casi nadie. He salido a cenar a la calle y me he extraviado. Afortunadamente, me topo con un sujeto que me han presentado unos días atrás: Orlando, una de las diez personas que conozco en una ciudad con 10 millones de habitantes. Le pregunto por un lugar donde comer. “¿A las 10 de la noche?, difícil. Vas a tener que probar por esa calle”, dice, y me da unos números que supuestamente son la dirección, pero que entiendo como los resultados de la lotería. Sigo sus indicaciones: todo está cerrado. Precisamente el azar hace que me encuentre con Orlando una vez más. Me sugiere que lo acompañe a comprar una botella de ron e ir a La Candelaria a comer. Vamos por la botella. Luego, me presenta a dos amigas y a su novia. Tomamos una buseta que va por toda la 26 y llegamos al Centro, que para Orlando estaba a una botella de distancia.

El centro es como una mujer hermosa con sida, y mi amigo y yo penetramos en ella. Pasamos por las fascinantes ruinas del Hotel Continental y ascendemos hasta las casas coloniales de La Candelaria, mientras los indigentes pululan, emergen de los adoquines. En un sitio de ventas de arepas hago mi pedido. Un grupo de indigentes llega a pedirle monedas a Orlando, y él se las arroja como si estuviera jugando rana. A ellos se le suma una señora con un bebé en brazos. Orlando, al ver que ha quedado sin municiones, le dice: “No, señora, qué pena, se me acabaron las monedas”. “Yo no quiero monedas, ¡quiero billetes!”, responde ella, y nos lanza insultos mientras caminamos apresuradamente hacia otro lugar. Lo más cercano que encontramos es a un bar de salsa, pero como el ambiente no convence a las muchachas nos arrojamos una vez más a la calle. Y allí afuera, esperándonos, está la señora del bebé en brazos que apenas nos ve continúa con las amenazas. Caminamos rápido, lo más rápido que podemos, y muy juntos, vigilando nuestras espaldas.

Antología "Bogotá por Bogotá - La verdad y solamente la verdad". FPCB, Bogotá, 2008.


La huída nos ha llevado a un bar reggae, donde, para poder entrar, el portero le exige a mi amigo que le muestre su documento de identidad. Para su sorpresa, Orlando saca una de esas cédulas que en estos días deberían tomarse como certificados de defunción, y entramos. Todo el que llega, se quita la ropa lo más que puede y queda como si transitara por una calle de un pueblo del Caribe. Al fondo, los casilleros parecen vestidores. La música, como puede, se abre paso entre la multitud. Yo todavía no accedo a desvestirme (el frío de la calle lo he traído conmigo), a pesar de las advertencias de Orlando con respecto a lo que pasará a la media noche. En efecto, llegada la media noche los dueños del bar encienden, como parte del espectáculo, una hoguera en el centro de la pista de baile, ante los gritos de júbilo de la gente, y se me hace imposible continuar con tanta ropa encima. El fuego ilumina los rostros de una pareja que discute a mi lado: un rasta cara de "podrido" le dice a su chica –una niña "bien", de piel blanca, cabello negro y liso, cuerpo perfecto y 100 % natural– que consuma moderadamente. Ella asiente. Me pide permiso para pasar y me hago a un lado. Va acompañada de una amiga a hacer la fila del baño. Al cabo de un rato, a mi también me dan ganas de ir al baño. El de los hombres siempre está desocupado. En cambio, el de las mujeres tiene una fila extensa. Al salir del baño, veo que las dos chicas también lo hacen. Pero no se devuelven a la pista, sino que van a hacer la fila nuevamente. Muchas de las chicas que hacen la fila entran en grupos de dos o tres y salen limpiándose la nariz.

Vuelvo a la pista. Al parecer, el rasta no se irrita, aguarda bailando solo, como muchos otros cuyas chicas han preferido armar la fiesta en el baño. De repente, la del rasta y su amiga aparecen bailando una vez más a mi lado, van y vienen, una y otra vez. Las canciones entran por la piel, sudorosa, y yo percibo en cada tema un pedazo de mi infancia, y siento que ahora todos bailamos como niños. Se me viene a la mente la imagen de mi hermana mayor cuando era adolescente y bailaba reggae sin preocuparse por saber qué era lo que bailaba. Dejo ir la imagen porque siento que alguien me ha clavado un codazo en la espalda. Me doy vuelta, y allí, al frente mío, está la nena del rasta. Su sonrisa me enseña unos labios con un piercing que parece servirle de cerrojo cuando quiere callar. "Discúlpame, mi vida", dice, y regresa a bailar con su pareja. Pero, esta vez, dándome la espalda, se me acerca disimuladamente y se frota en la mía, como un oso que se rasca contra un árbol.



Decido irme. Me despido fugazmente de mis fugaces amigos y llego hasta la puerta. Afuera llovizna. En un día capitalino normal, se le teme al asfalto: Los transeúntes llevan prisa no porque vayan tarde, y utilizan las calles porque es la única manera de llegar a algún lugar. Van deseando tener alas para no encontrase con nadie. Y ahora, con lluvia y de madrugada, ni los taxis salen. "Parece una ciudad en guerra", me ha dicho días antes una amiga bogotana que se siente turista en su propia tierra. Como en la Berlín de la II Guerra Mundial, la vida se cocina y se descarga al interior de los burdeles y discotecas (únicos lugares donde los soldados enemigos tenían prohibido agredirse), mientras afuera transitan a gran velocidad unos pocos carros blindados. Decido salir a caminar sobre la lluvia que descansa en el piso. Hay un testigo de mi hazaña: una estatua enclavada en un balcón colonial.

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*Una de las crónicas ganadoras de la convocatoria “Bogotá por Bogotá” (2007) del Fondo de Promoción de la Cultura, de Bogotá. Los jurados fueron: Doris Sommer (docente de la Universidad de Harvard en la Facultad de Lenguas Romances), Ricardo Silva (joven escritor bogotano), Andrea Echeverri (poeta y docente de la Universidad de los Andes en la carrera de Literatura), y Juan Luis Isaza (director del Instituto Carlos Arbeláez Camacho). Ellos mismos constituyeron el comité editorial de la antología de relatos "Bogotá por Bogotá - La verdad y solamente la verdad" (2008).

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Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Jesucristo (Apocalipsis 3:20).