Ganador del Primer Premio en el Concurso de Minicuento "Antonio Mora Vélez" - Universidad de Córdoba, 2008
Por Víctor Menco Haeckermann

Ganador del Primer Premio en el Concurso de Minicuento "Antonio Mora Vélez" - Universidad de Córdoba, 2008
Por Víctor Menco Haeckermann

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En esta época de ferias literarias, uno de los sujetos más solicitados es el escritor Nahum Montt (Barrancabermeja, 1967), autor de la biografía de Cervantes Versado en desdichas y de las novelas Midnight dreams, El Eskimal y la Mariposa (Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2004) y Lara, su publicación más reciente. Desde el año pasado, para estos mismos días, le seguimos la pista en diversos escenarios del País con el fin de dar una visión mucho más completa del autor. En unos, habló de su oficio; en otros, aconsejó a los escritores jóvenes; pero en todos manifestó su preocupación por ficcionalizar la problemática social de Colombia. Particularmente, en la Universidad Distrital Francisco José Caldas, disertó junto a la escritora y profesora Alejandra Jaramillo sobre Literatura Urbana. Allí, ante el estudiantado, comentó pormenores de su carrera, desde cuando salió de su ciudad natal, y tuvo que irse a la capital colombiana a estudiar Literatura, en la Universidad Nacional, hace ya varios años, para después ser profesor universitario, y escribir ficción en silencio, tratando en lo posible de no figurar como ‘escritor’.
Ahora que Nahum Monnt ha obtenido cierto reconocimiento con la publicación de varios libros, dice asimilar un poco más que lo llamen ‘escritor’. Y no para posar ante las cámaras sino para aportarle algo de su experiencia a las nuevas generaciones. Según él, las cosas han cambiado con los años, ya que el escritor de la Colombia de hoy cuenta con más alternativas:
–Es que hasta los 80 y comienzos de los 90 –afirmó Montt–, quien escogía “el camino de las letras” –dijo dibujando en el aire unas comillas con los dedos– tenía que cumplir una condena de 5 años de Derecho forzado, si escribía narrativa, o 5 años de Antropología o Sociología forzada, si escribía poesía. Hasta el 90. Yo creo que allí es cuando se empieza a ver un detalle muy importante en el País, y es que empiezan a aparecer las carreras de Literatura, y a fortalecerse las Facultades de Comunicación Social. Entonces ya la Academia de cierta forma abre sus brazos a estos marginales y las legitima al menos socialmente. De allá para acá no es tan vergonzoso decir que uno estudia Literatura. Porque lo primero que le decían era: “¡Uish!, ¿y usted entonces de qué va a vivir?” Por eso, durante mucho tiempo siempre preferí llamarme y que me presentaran como profesor de Literatura. Se me hacía mucho más digno, que escritor, pues allí había algo impúdico u obsceno detrás. Decir que uno era escritor era como reconocer que uno era un vago profesional, o un ocioso, o un mueble más de la casa… Todo ha cambiado desde entonces. Al menos hoy se tienen más recursos para aquella persona que quiere escribir: Están las Facultades, la educación formal, está punteando la Maestría en Escritura Creativa con un rigor muy grande, pero también van acompañándolo los talleres que nos permiten brindar unos espacios desde la educación no formal donde se socializan las inquietudes de la gente que está escribiendo.
Esas mismas condiciones que él destaca, hicieron que se programara una visita a Cartagena, a propósito de su novela Lara, que recrea facetas hasta ahora desconocidas del antagonista de Pablo Escobar: el otrora ministro Rodrigo Lara Bonilla; desconocidas inclusive por su propia familia. Junto a El Eskimal y la Mariposa –que tiene como punto de partida el asesinato del candidato presidencial del M-19 Carlos Pizarro– conforman un díptico donde la una parece el reflejo en el espejo de la otra; pues, en sus propias palabras, El Eskimal y la Mariposa se narra un crimen desde la “orilla de los asesinos”, y Lara desde “la orilla de las víctimas”. Una vez acordamos la cita, al rededor de las 9 de la noche, en una esquina del Centro Histórico de la ciudad, dimos paso a otro tipo de reflexiones que arrojaran luces sobre su novelística, que la crítica sitúa dentro del género Negro.
–Entiendo que en su caso, su incursión en este género no es tanto producto del estudio concienzudo. ¿Qué lecturas lo condujeron a él?
–La verdad es que fue más el resultado de meterme con la realidad y la historia de este país. Yo siento que de manera natural uno termina construyendo relatos propios de la Novela Negra, porque la realidad del país es propia de este género. De niño siempre leía novelas de vaqueros, los trillers norteamericanos y demás, y tenía la predisposición, pero siento que lo que finalmente termina definiendo mis textos como Novela Negra es que ha habido una toma de posición como escritor de empezar a narrar este país por sus hechos, sus eventos, sus acontecimientos históricos. Y cuando uno lo narra a través de la literatura, casi de manera natural cae en el género Negro.
–En algún momento ha temido que los espacios reales aludidos en estas novelas disminuyeran su significación frente a un lector no familiarizado con ellos?
–Interesante la pregunta. Los relatos se construyen con la intencionalidad de ser autónomos e independientes en sí mismos de esa realidad a la cual se refieren, de esa historia de la cual se nutren. Es probable que sí, y eso es lo bello de la literatura, que admite distintas lecturas. Un lector no familiarizado con este contexto va a leer un relato tal vez de aventura donde siempre hay un final desdichado. Lo curioso es que detrás de ese final desdichado y ese relato de aventuras hay unos hechos que ocurrieron y que están ocurriendo ahora en el país. Pero eso le queda más bien al lector. La función del autor es proponer y tratar de escribir un relato que ante todo sea verosímil, que sea convincente y que atrape al lector para que pueda disfrutarlo.
–Además de esos referentes, a algunos lectores jóvenes les puede resultar un poco ajeno el marco de la novela por estar basada en hechos del pasado –acá aproximamos más a la Novela Histórica–. ¿Cómo hace para conciliar con lectores de edades tan dispares?
–Fíjate que yo siento que escribo para los jóvenes. Siento que los jóvenes son extranjeros del pasado de este país, y viven en este país como si fuera un eterno presente. La novela no puede caer en la trampa justificar o intentar explicarles a los jóvenes lo que pasó. No. Simplemente muestra unos eventos, y si el joven está interesado en saber más, es éste quien tiene que investigar y rastrear. La novela es sólo un punto de partida para avanzar… Más que en novelas históricas, yo pensaría en novelas policíacas, donde generalmente ocurre un evento, se investiga y al final hay un desenlace fatal.
–¿Usted compartiría la apreciación de que en sus novelas la ciudad marca a los personajes?
–Por supuesto, porque yo no concibo un personaje in vitro, metido en una especie de tubo de ensayo. Y siento que la ciudad es un recurso expresivo que tiene el escritor para darle una dimensión humana a esos personajes. “Somos en el mundo”, decía Ortega y Gasset. Y ese mundo nos sirve para iluminar los estados de ánimo del personaje, sus preocupaciones estéticas, sus obsesiones, su condición humana. Es un medio que uno utiliza en la narrativa para mostrar al personaje como es. Te doy un ejemplo sencillo: “Pepito Pérez estaba muy triste”. Eso es muy fácil de decir desde la oralidad y la cotidianidad. Pero si tu dices: “Pepito Pérez el día que salió a recorrer las calles se encontró una ciudad muy fría y lluviosa, que le calaba los huesos, que le llevaba a recordar aquella época en que empezada a…”. ¿Entonces, si ves? El espacio, la ciudad, en ese momento se vuelve un detonador que ilumina la condición humana del personaje.
–En entrevistas anteriores, refiriéndose a la novela Lara, usted ha dicho que algunos de estos personajes de la vida pública nacional eran, de por sí, novelescos. ¿Cuándo sabe uno que un personaje de la vida real tiene ese potencial?
–Esa es la gran capacidad que debe tener un escritor. La capacidad de observación más allá de esos días que transcurren con eventos aparentemente insignificantes. Todos tenemos en potencia cualidades novelescas, pero depende de la capacidad de observación del escritor encontrarlas y poderlas representar a través de la literatura –dicho esto, Nahum Montt giró a su derecha y observó a un policía de tránsito haciendo guardia–. Personaje novelesco puede ser un vigilante que sostiene una valla en medio de la noche, en una calle del Centro Histórico de Cartagena. Que es portador de muchas historias. Que tiene familia, tiene hijos, tal vez tenga amante o novia. Y que a pesar de estar cumpliendo simplemente una labor allí, es un personaje digno de ser llevado a la literatura. No hay nadie que no lo sea, y, en esa medida, siento que los escritores estamos allí para tratar de ver lo que otros no ven, e intentar contarlo lo mejor posible. Esa es la función social de un escritor.
–En el conversatorio de la Universidad Distrital, la escritora y profesora Alejandra Jaramillo dijo que prefería arriesgar su estómago escribiendo sobre estos temas considerados “de violencia”, a tener que volver a vivir esa historia del País. ¿Siente que a usted le pasa lo mismo?
–Por supuesto, y es una toma de posición conciente, deliberada. Yo no me veo escribiendo sobre un intelectual que tiene problemas para comprar el cornflakes o el cereal del desayuno, en Barcelona, sintiendo un vacío existencial. Eso funciona por allá en Europa, para esa gente que vive en esas realidades tan aburridas. Yo siento la enorme necesidad de contar la historia de este país a partir y a través del asombro. Aquí ocurren cosas que no ocurren en otro lugar del mundo. Y me siento feliz de arriesgar ese estómago, como diría la profe Jaramillo.
–Otra cosa que le he escuchado decir es que a un escritor nunca hay que creerle. ¿Entonces en qué términos queda esta entrevista?
–(Risas) Lo que pasa es que el escritor es un mentiroso profesional, que se sirve de la ficción para contar la verdad. Esa es la gran paradoja. Entonces al escritor hay que aprenderlo a descifrar, hay que aprender a descubrir en sus mentiras dónde se halla escondida esa verdad.
Esta es la apuesta literaria de Nahum Montt, quien en la actualidad escribe una obra de teatro ambientada en su ciudad: Tomar hechos de la historia reciente para escribir relatos ficticios que terminen comunicando una idea muy próxima a la realidad histórica y actual; o como resume la frase célebre de John Ford, incluida como epígrafe en la tercera novela del barranqueño: “Es todo inventado, pero todo es verdad”.
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*Finalizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad de Cartagena. Ha sido colaborador de las revistas Fractales (Universidad Javeriana), Hojablanca (Bogotá Capital Mundial del Libro 2007), Unicarta (Universidad de Cartagena) y Agenda Cultural (Universidad Tecnológica de Bolívar), entre otras.
Fuente: Dominical, diario El Universal.
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días atrás en el Museo Naval– hubo una asistencia cuantiosa si se tiene en cuenta que se trata de una muestra de “cine colombiano”, al que tanto el público como la intelectualidad nacional le ha perdido la fe por la desproporción que existe entre calidad y cantidad. En total, unas 200 personas ingresaron esa noche al Teatro para quedar inmediatamente conectadas con la magia y el humor que se desprendieron de sus protagonistas: un grupo de niños que encabezados por Guillermino, que, con 8 años de edad, nos permite revivir y reconsiderar pasajes de una historia que habita al interior de cada uno de nosotros, donde el miedo parece convertirse en la otra cara de la esperanza. A través de sus travesuras, nos lleva a situaciones límite que comienzan con una mentira tan pequeña como él: la de decirle al tendero que la mamá lo ha mandado a fiarle una gaseosa, cuando en realidad lo que ha pasado es que ha perdido el dinero jugando canicas. Por supuesto que él piensa pagar la deuda, pero para ello recurre a mentiras mucho más grandes que le permitan cubrir su falta, y, entre otras cosas, poder conseguir un trabajo remunerado.Publicado por Victor Menco Haeckermann 1 comentarios
Crónica del Parque Fernández de Madrid
Por Víctor Menco Haeckermann*
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Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, diciembre 23 de de 2007, Nº 1128, págs. 2-3.
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Una de las crónicas ganadoras de la convocatoria “Bogotá por Bogotá” (2007)
Por Víctor Menco Haeckermann
Hace pocos días que estoy en la Capital y no conozco a casi nadie. He salido a cenar a la calle y me he extraviado. Afortunadamente, me topo con un sujeto que me han presentado unos días atrás: Orlando, una de las diez personas que conozco en una ciudad con 10 millones de habitantes. Le pregunto por un lugar donde comer. “¿A las 10 de la noche?, difícil. Vas a tener que probar por esa calle”, dice, y me da unos números que supuestamente son la dirección, pero que entiendo como los resultados de la lotería. Sigo sus indicaciones: todo está cerrado. Precisamente el azar hace que me encuentre con Orlando una vez más. Me sugiere que lo acompañe a comprar una botella de ron e ir a La Candelaria a comer. Vamos por la botella. Luego, me presenta a dos amigas y a su novia. Tomamos una buseta que va por toda la 26 y llegamos al Centro, que para Orlando estaba a una botella de distancia.
El centro es como una mujer hermosa con sida, y mi amigo y yo penetramos en ella. Pasamos por las fascinantes ruinas del Hotel Continental y ascendemos hasta las casas coloniales de La Candelaria, mientras los indigentes pululan, emergen de los adoquines. En un sitio de ventas de arepas hago mi pedido. Un grupo de indigentes llega a pedirle monedas a Orlando, y él se las arroja como si estuviera jugando rana. A ellos se le suma una señora con un bebé en brazos. Orlando, al ver que ha quedado sin municiones, le dice: “No, señora, qué pena, se me acabaron las monedas”. “Yo no quiero monedas, ¡quiero billetes!”, responde ella, y nos lanza insultos mientras caminamos apresuradamente hacia otro lugar. Lo más cercano que encontramos es a un bar de salsa, pero como el ambiente no convence a las muchachas nos arrojamos una vez más a la calle. Y allí afuera, esperándonos, está la señora del bebé en brazos que apenas nos ve continúa con las amenazas. Caminamos rápido, lo más rápido que podemos, y muy juntos, vigilando nuestras espaldas.
Antología "Bogotá por Bogotá - La verdad y solamente la verdad". FPCB, Bogotá, 2008.
La huída nos ha llevado a un bar reggae, donde, para poder entrar, el portero le exige a mi amigo que le muestre su documento de identidad. Para su sorpresa, Orlando saca una de esas cédulas que en estos días deberían tomarse como certificados de defunción, y entramos. Todo el que llega, se quita la ropa lo más que puede y queda como si transitara por una calle de un pueblo del Caribe. Al fondo, los casilleros parecen vestidores. La música, como puede, se abre paso entre la multitud. Yo todavía no accedo a desvestirme (el frío de la calle lo he traído conmigo), a pesar de las advertencias de Orlando con respecto a lo que pasará a la media noche. En efecto, llegada la media noche los dueños del bar encienden, como parte del espectáculo, una hoguera en el centro de la pista de baile, ante los gritos de júbilo de la gente, y se me hace imposible continuar con tanta ropa encima. El fuego ilumina los rostros de una pareja que discute a mi lado: un rasta cara de "podrido" le dice a su chica –una niña "bien", de piel blanca, cabello negro y liso, cuerpo perfecto y 100 % natural– que consuma moderadamente. Ella asiente. Me pide permiso para pasar y me hago a un lado. Va acompañada de una amiga a hacer la fila del baño. Al cabo de un rato, a mi también me dan ganas de ir al baño. El de los hombres siempre está desocupado. En cambio, el de las mujeres tiene una fila extensa. Al salir del baño, veo que las dos chicas también lo hacen. Pero no se devuelven a la pista, sino que van a hacer la fila nuevamente. Muchas de las chicas que hacen la fila entran en grupos de dos o tres y salen limpiándose la nariz.
Vuelvo a la pista. Al parecer, el rasta no se irrita, aguarda bailando solo, como muchos otros cuyas chicas han preferido armar la fiesta en el baño. De repente, la del rasta y su amiga aparecen bailando una vez más a mi lado, van y vienen, una y otra vez. Las canciones entran por la piel, sudorosa, y yo percibo en cada tema un pedazo de mi infancia, y siento que ahora todos bailamos como niños. Se me viene a la mente la imagen de mi hermana mayor cuando era adolescente y bailaba reggae sin preocuparse por saber qué era lo que bailaba. Dejo ir la imagen porque siento que alguien me ha clavado un codazo en la espalda. Me doy vuelta, y allí, al frente mío, está la nena del rasta. Su sonrisa me enseña unos labios con un piercing que parece servirle de cerrojo cuando quiere callar. "Discúlpame, mi vida", dice, y regresa a bailar con su pareja. Pero, esta vez, dándome la espalda, se me acerca disimuladamente y se frota en la mía, como un oso que se rasca contra un árbol.
Decido irme. Me despido fugazmente de mis fugaces amigos y llego hasta la puerta. Afuera llovizna. En un día capitalino normal, se le teme al asfalto: Los transeúntes llevan prisa no porque vayan tarde, y utilizan las calles porque es la única manera de llegar a algún lugar. Van deseando tener alas para no encontrase con nadie. Y ahora, con lluvia y de madrugada, ni los taxis salen. "Parece una ciudad en guerra", me ha dicho días antes una amiga bogotana que se siente turista en su propia tierra. Como en la Berlín de la II Guerra Mundial, la vida se cocina y se descarga al interior de los burdeles y discotecas (únicos lugares donde los soldados enemigos tenían prohibido agredirse), mientras afuera transitan a gran velocidad unos pocos carros blindados. Decido salir a caminar sobre la lluvia que descansa en el piso. Hay un testigo de mi hazaña: una estatua enclavada en un balcón colonial.
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*Una de las crónicas ganadoras de la convocatoria “Bogotá por Bogotá” (2007) del Fondo de Promoción de la Cultura, de Bogotá. Los jurados fueron: Doris Sommer (docente de la Universidad de Harvard en la Facultad de Lenguas Romances), Ricardo Silva (joven escritor bogotano), Andrea Echeverri (poeta y docente de la Universidad de los Andes en la carrera de Literatura), y Juan Luis Isaza (director del Instituto Carlos Arbeláez Camacho). Ellos mismos constituyeron el comité editorial de la antología de relatos "Bogotá por Bogotá - La verdad y solamente la verdad" (2008).
Derechos Reservados © VMH
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By V. Menco Haeckermann
A reader leaves a poem incomplete
and, inside of it,
a waterfall got suspended
above a castle's attic,
nor dead nor killing.
The reader turns the page
and a child has no time to confess all his sins,
recently learned in Religion’s class,
a clown doesn’t understand what has happened to him:
Nobody is laughing at his unfinished joke.
Then, the reader closes the book
and closes some lips destined to receive a kiss,
stops the crescent love of a waning lady,
who now has to love in silence.
Finally, the book is thrown at the stake
and the waterfall gets burned like gasoline
and a drop slides and it sets fire to the castle's hat.
Even the word “fire”,
lost in one of many pages,
is in flames.
There, in the stake,
the child is sweating for fever; the clown, for anguish.
And the lady’s lips got chapped and it hurts,
and she doesn’t know why.